Las mascotas también han sido grandes musas de la literatura

Escrito por el 23 septiembre, 2012

Perros y gatos han servido a escritores como lord Byron, Capote y Woolf como confidentes de sus relatos e ilusiones

Para algunos escritores, como Marguerite Duras, la soledad es un imperativo intrínseco a la escritura, pero para otros, como Truman Capote, Virginia Woolf o Lord Byron su particular visión de la soledad incluye a un animal, un fiel aliado con el que poder desahogarse o compartir desazones. Alguien que no cuestione su obra ni interrumpa ni se queje, pero cuya presencia es de una ayuda inestimable.

Muchos escritores, como el peruano Alfredo Bryce Echenique, han preferido posar con su gato ante la prensa que enfrentarse solos a la realidad. Así también hemos podido ver a Ernest Hemingway con su gato negro, que no le debería dar mala suerte porque le acompañaba siempre.

El libro Perros, gatos y lemures. Los escritores y sus animales, escrito por diversos autores como Soledad Puértolas o Andrés Trapiello, habla sobre los animales y la literatura, los animales y la escritura.

“Sobre el animal como sombra del escritor, como amigo, como único depositario de unos sentimientos, e incluso de unas ideas, que el autor no osaría compartir con nadie más”, reza su introducción. Un compendio de curiosidades que salen a la luz sobre escritores y poetas.

El perro inmortal de Lord Byron

El poeta escocés Lord Byron, autor del inacabado Don Juan, fue un apasionado de los placeres de la vida. Se dice de él que perdió la virginidad con diez años y que amó a cientos de mujeres y a varios hombres, tanto que le acusaron de sodomita, pero nunca quiso a ningún humano con la fuerza que le unió a su perro terranova Boatswain.

Cuenta la leyenda que un día viajaba en barco cuando Boatswain cayó al agua. Byron intentó en varias ocasiones que el capitán detuviese el navío y rescatara a su mascota, pero este se negó porque un animal no constituía motivo suficiente para detener la travesía.

Lord Byron no dudó un instante ante la negativa y se lanzó al agua, de la que ambos fueron rescatados con vida.

Lo que sí se sabe con certeza es que, tiempo después, cuando Boatswain enfermó de rabia, Byron detuvo su vida para cuidarlo hasta el último latido de su corazón, y una vez muerto, mandó construir un mausoleo para el animal con una placa en la que se podía leer un poema que comenzaba así:

“Aquí reposan los restos de una criatura que fue bella sin vanidad, fuerte sin insolencia, valiente sin ferocidad, y tuvo todas las virtudes del hombre y ninguno de sus defectos”.

Virginia y sus obsesiones caninas

Siempre hubo perros en la vida de Virginia Woolf. La presencia de animales en sus distintos hogares era algo que todo el mundo daba por hecho y que sirvió como argumento para una de sus obras, Flush. 

En Flush un perro acostumbrado a campar a sus anchas y correr por el campo, se encuentra recluido en una habitación a los pies de su ama, que está enferma. Él la cuida, la protege y la acompaña, a la espera de cualquier muestra de cariño de su dueña, por nimia que sea. 

Sin sensiblerías de más ni cursilerías, Woolf retrató a la perfección el comportamiento animal en su obra, algo que respondía a sus propias obsesiones por encontrar explicación al carácter perruno. De hecho, escribió Flush para superar el trauma que le generó volver de un viaje por Europa en 1935 y encontrar que su perra Pinka había muerto. 

Charlie y Truman

Truman Capote ha pasado a los anales de la historia como el creador del periodismo novelado, o de la novela de no ficción, a raíz de su gran obra A sangre fría (1966), por la que dedicó cinco años de su vida a investigar el asesinato de la familia Clutter en Kansas, en Estados Unidos. 

Sin embargo, hubo otro ser que ocupó su vida, sus esfuerzos y sus obsesiones, y ese fue su mejor amigo Charlie, un bulldog inglés que compró a golpe de talonario en Londres y que llevó consigo a la Costa Brava española. 

Unos meses antes, su perro Bunky había fallecido en un hotel en Alemania, y el escritor se convenció de que jamás volvería a encariñarse con otro animal, aunque el encuentro con Charlie cambió su vida y le devolvió la ilusión que más tarde apagaron los psicofármacos y el alcohol.

Cuando inició la investigación frenética de los asesinatos en Kansas y el descenso a los infiernos de las drogas para poder dormir, hubo una luz que le ayudó a superar el miedo. 

Se acordaba mucho de Charlie, su fiel amigo, al que enviaba algún hueso por correo, cartas o postales a su nombre, como aquella en la que escribió: “Querido Charlie, aquí todos los perros tienen miedo y pulgas, no te gustarían nada. Te echo de menos. ¿Quién te quiere? T (quién si no)”. (EFE Reportajes) 


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